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¿Y qué?
Tiró la colilla
del cigarrillo por la ventana sin apartar la vista de la
carretera. ¿Había pasado el aviso de una estación de
servicio? No lo sabía. Y qué importaba. La lucecita del
depósito de gasolina había parpadeado levemente unas cuantas veces,
pero aún podía tirar varios kilómetros adelante sin que el coche
apenas lo percibiera. Manteniendo firme el volante con la mano
izquierda, subió el volumen de la música, dejando que la potente voz
del cantante y los acordes de la guitarra eléctrica invadieran el
coche y su cabeza. Mejor así. Sentía el viento entrar por la
ventanilla medio bajada, podía respirar el aire cargado de la
autopista, hasta notaba la vibración del coche bajo el pedal del
acelerador. Pero la cabeza exquisitamente vacía…. sólo estímulos
físicos…..aaaahhhh…sí….. ¿Había sonado el móvil? No iba a
bajar la música, desde luego, ni iba a mirar el asiento del copiloto
a ver si el móvil tenía todas las lucecitas encendidas del teclado,
señal inequívoca de llamada. Bruscamente se echó a reir. Una risa franca y fuerte, que por un momento incluso
ensordeció el ruido de la música. Qué maravilla…. ¿Había algo
más maravilloso que sentir poseer las riendas absolutamente de todo?
¿La propia vida, un monstruo mecánico de fuerte cilindrada de
importación? Divisó un camión frente a él y por inercia se
trasladó de carril previo aviso de intermitente. Eso también le
hizo reir. Chico bueno hasta el final…qué iba a
hacerle… Volvió a percibir, más que oir, la melodía de su
teléfono móvil. Hum…. ¿y si lo cogía? Sabía quién era, y lo
que escucharía. Pensó por un instante si eso le fastidiaría el
viaje. ¿Y qué? Ya estaba a varios kilómetros….a través de una
llamada no podía ver sus ojos, ni sentir la enorme presencia de sus
palabras…los insultos que se convertían en vacíos de ansiedad en su
estómago… Bajó la música lo suficiente para poder escuchar, y al
instante la melodía de Carmen de Bizet volvió a sonar procedente del
aparatejo. Lo cogió con la mano derecha y a la par regresó de
nuevo al carril lento, desalecerando paulatinamente, hasta llegar a
una velocidad que no supusiera un riesgo para nadie, empezando por
sí mismo… Apenas descolgó y se escuchó la voz
aguda.
-¿Dónde te has metido? ¿Crees que puedes hacer lo que
te de la gana?
Lanzó
un suspiro y meditó la respuesta. "Hacer lo que te de la
gana" Tenía gracia. Mucha gracia. ¡Él!, ¿cuando había
hecho lo que le daba la gana? ¿Acaso alguna vez había dejado el
trabajo a media mañana porque no tenía ganas de seguir rellenando
documentos informáticos para una panda de señoritingos que ni
siquiera aparecían por la empresa? ¿O alguien le había visto alguna
vez responder grosera y ofensivamente a cualquier persona que no le
cayera especialmente bien? Tenía gracia… Era la educación
personificada. Era el prototipo de ciudadano perfecto, moral y
socialmente.
Y ahora
ella…
-No
hago…-No, no iba a permitir que esas palabras ya se convirtieran en
tema de discusión. No iba a darle el placer. -¿Y qué?
La oyó
resoplar como un toro.
-¿Y
qué? ¿Cómo te atreves a hablarme así? ¿Cómo te atreves? Regresa
inmediatamente, ¿me oyes?, estés dónde estés, regresa a casa ahora
mismo, y hablamos más tranquilamente de todo esto. ¿Sabes el susto
que nos has dado?
Tenía
la respuesta adecuada en la punta de la lengua…pero tantas otras
veces la había tenido igual…y nunca había servido para
nada…
El espejo retrovisor le devolvió la sonrisa. Eso fue
suficiente. Aún sonreía.
Volvió
a lanzar un suspiro.
-¿Y
qué?
Aprovechó el súbito mutismo al otro lado de la línea para
colgar. Cogió de nuevo el móvil y lo apagó del todo. Ya llamaría él.
El
piloto del combustible hizo otro parpadeo y se quedó definitivamente
en rojo. Subió la música otra vez, y dejó que el cosquilleo de
enorme levedad le invadiera por entero.
La
señal de otra vía de servicio le indicaba que a 500 metros podría
parar.
Cogió
el desvío y frenó al llegar al surtidor adecuado.
Apagó
música y motor, y salió del coche. Un expendedor llegó al momento.
Abrió el depósito y le indicó cantidad y combustible.
El
hombre le sonrió.
-¿Viaje
largo, no? Ya lleva unos cuantos kilómetros a la espalda…
Le miró
confuso, pero rapidamente le devolvió la sonrisa. Las siglas de la
provincia en la matrícula.
-Sí,
pero ya estoy llegando. Ya me queda muy poco.
Echando
un vistazo alrededor, vio que tras la tienda de la propia
gasolinera, se extendía un campo llano, que se unía al cielo si
mirabas lo suficientemente lejos. Sonrió otra vez al buen hombre,
otro buen hombre con sus mil historias, que probablemente madrugaba
más que él, sudaba más que él bajo ese sol despiadado y sin embargo
sonreía a cuantos se paraban antes de proseguir el viaje.
Se
alejó hacia el terreno llano, y aspiró profundamente.
Vida. La vida se introducía en su cuerpo a través de cada
inhalación. Casi podía sentirla mezclarse entre su
sangre.
Regresó
al coche, pagó y se sentó de nuevo.
A punto
de incorporarse a la autopista, cogió el teléfono, lo encendió y
puso el freno de mano. Marcó un número y esperó.
-¿Sí?
Se miró
las manos, y su rostro en el espejo retrovisor.
-Soy
yo.
-¡Vaya,
hombre!, ¿ya te has dado cuenta de tu estupidez y la inutilidad de
todo esto?
Cerró
los ojos, y apretó los párpados. Los abrió lentamente, y tan
cotidiano gesto, le resultó tan simbólico que volvió a
sonreir.
-Ahora
veo. Se acabó la ceguera.
La
respuesta sonó despreciativa.
-¿De
qué hablas?
-Estaba
ciego. O tenía los ojos cerrados, lo mismo da. Pero ya
no.
-¿Pero
de qué…?
-Que ya
llamaré. Que ya sabréis de mí, que voy a hacer lo que quiero, como
bien has dicho. Que si necesito una mano, la encontraré al final de
mi brazo. Que…hasta luego.
-Pero…
-Hasta
luego.
Colgó,
asintió levemente, afirmando sus palabras, y realizó otra llamada.
Escuchó una voz familiar.
-Estoy
en la gasolinera que está a 10 minutos de tu casa.
Sin
respuesta, la línea se cortó. Le sorprendió tal reacción, pero
volvió a sonreir, y puso de nuevo la música.
¿Cúanto
tiempo había pasado?, menos de 10 minutos, eso podía
jurarlo.
Vio un
coche entrar en la pista de la gasolinera a gran velocidad, frenar
bruscamente y de repente acelerar escandalosamente de nuevo hacia
él.
Sin
quitar el contacto ni detener la música, salió del coche y vio al
otro vehículo frenar a escasos centímetros del suyo, y tal como él
había hecho, sin apagar el motor, la puerta se abrió y desde ese
instante, tan sólo fueron los enormes y honestos ojos los que
acapararon toda su atención.
Se
miraron apenas unos segundos, y sin emitir sonido alguno, se
abrazaron tan fuertemente que podía sentir sus pulmones oprimidos
entre las costillas.
Vida…ahora podía hasta olerla…
El
expendedor los contemplaba desde el cristal de la tienda, junto a su
compañero, que lanzando una mirada a la carretera musitó:
-Son
dos tíos.
El
expendedor retiró la vista cuando les vio iniciar un beso. Miró la
hora y se buscó el paquete de cigarrillos en el pantalón.
-¿Y
qué?
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