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MIRADA DE UN
ÁRBOL
Hola.
Empezaré
por decir que mi nombre es Salix Babilónica, aunque por este nombre
es realmente poca la gente que me conoce.
Mi nombre
vulgar es sauce. Lo de llorón me lo pusieron por mi aspecto
melancólico y alicaído, pero prefiero pensar que a lo largo de toda
mi vida nadie se ha entristecido en mi compañía.
Tengo 97 años, y llevo 95 en un
hermosísimo jardín. He visto pasar a dos generaciones de la misma
familia desde mi lugar, un acogedor rinconcito que en invierno me
protege del frío y en verano me ayuda a pasar desapercibido frente a
insectos indeseados y epidemias. Además, a los pájaros les
entusiasma mi posición, y puedo decir con orgullo que he sido el
árbol más visitado de toda la zona, lo que, naturalmente, me ha
otorgado un rango social más alto sobre los demás arbóreos. Entre
nosotros es de vital importancia el atractivo que podemos causar a
los pájaros; cuantos más de ellos hayan anidado entre sus ramas, más
respeto y linaje adquiere sobre los demás árboles. Pero de esto
podría hacer una historia diferente, y lo que ahora deseo es dejar
constancia de mi vida de forma más general.
Dentro de
un día moriré, y me niego a irme sin antes demostrar lo que valemos,
lo muchísimo que valemos y lo escasamente poco que nos
aprecian.
Los dos
primeros años de mi vida los pasé en un vivero. Allí aprendí grandes
cosas. Escuchaba y memorizaba cada palabra que mencionaban el
matrimonio que regentaba el negocio. Aprendí, -entre otras cosas-,
que soy originario de Asia, y que de ahí proviene mi nombre
científico, Babilónica. A lo largo de estos dos años fui abonado y
podado convenientemente, pero mi crecimiento era anormal, y por las
expresiones que ponían mis dueños comprendí que les tenía sumamente
intrigados. Junto a mí había otros hermanos sauces, pero siempre
destaqué sobre ellos. Mis ramas se inclinaban simétricas, formando
delicados y flexibles arcos, despertando admiración incluso cuando
con el invierno se quedaban desnudas y sin las hojas de un verde
lustroso que cada primavera las revestía como esmeraldas colgantes.
Éstas jamás faltaron a la cita, cada vez más largas, siempre
finamente dentadas. En fin, fueron dos años tranquilos y monótonos
que me preparaban para afrontar algún día la vida en otro lugar. La
primera vez que vi a mis compradores una alegre exaltación me
invadió, ¡iba a ver el mundo!. Era un matrimonio mayor, de aspecto
campechano y agradable que me recordaban, vagamente, a mis dueños
actuales. Iban a ofrecerme a mí y a otros compañeros como presentes
para una boda. La excitación del viaje se acumuló en el vivero, y
todos los que nos íbamos no dejamos de expresar, -con nuestras
"palabras"-, lo muchísimo que nos alegrábamos. Yo dejé de tirar
macetas con mis ramas por sana diversión, una hiedra trepadora
suavizó su abrazo al muro, lo que estaba provocando que éste se
agrietara, y los rosales cesaron de inclinarse hacia la entrada,
evitando así que nuestros pobres cuidadores dejaran, por una vez, de
apartar con guantes las espinosas ramas.
El viaje
fue agotador e incómodo, pero nada hubiera podido aplacar mi
euforia.
Ya sabía
adonde iba, y quienes eran mis destinatarios. Los recién casados
eran ni más ni menos que el hijo y la ahora nuera del anciano
matrimonio. Nos transplantaron el mismo día y enseguida supe que
podía sentirme afortunado. Afortunado hasta tal punto que prometí
cuidar y proteger a esa familia con todas mis Fuerzas. Crecería más
alto, más fuerte. Daría una refrescante sombra en el verano y mis
ramas soportarían el peso de un columpio si el nuevo matrimonio
decidía aumentar la familia. Después de la boda, cuando llegaron a
la casa felices y sonrientes, todos los que componíamos el jardín
nos inclinamos con reverencia, meciéndonos suavemente. Por causas
del trabajo no fueron de luna de miel, y cada mañana Ella salía a
hacernos compañía mientras tarareaba dulces
cancioncillas.
Había un
banco situado bajo mi sombra y a menudo se sentaba a leer esperando
el regreso, al atardecer, de su marido. Cuando llegaba, echaba a
correr como una colegiala, los ojos brillantes de amor y una
expresión infantil de evidente alegría. Él también estaba claramente
deseoso de llegar a casa, y todos compartíamos con ellos la dicha
que les embargaba cuando por fin podían reunirse en el
ocaso.
Por ese entonces, estaba creando amistad
con una encina, una hermosa Quercus Ílex que vivía sola en un
descampado junto a la casa. Los primeros días no reparé en ella,
pero más tarde comencé a conocerla y surgió una buena amistad. De
carácter tímido, se sentía subyugada por nuestra llegada, y pude
apreciar que se debía a que todos éramos vegetales de vivero,
exóticos en nuestra totalidad, y ella sin embargo me aseguró en una
ocasión que ni siquiera sabía cómo había llegado allí. En términos
humanos podría decirse que era una especie de vagabunda huérfana. No
obstante, su aspecto poderoso e impresionante no dejaba translucir
ni por asomo su inseguro carácter.
Pasaron
dos años más. Todo iba bien, con normalidad, hasta que pasó algo una
luminosa mañana de primavera en la que el ambiente estaba impregnado
del intenso olor de las rosas. Él ya se había ido a trabajar y Ella,
como todos los días, salió a regarnos con su entusiasmo continuo.
Las largas horas que pasaba sola le habían obligado a hacer algo
para remediarlo, y ahora dos personajes más se habían introducido en
la familia. Un dulce perrillo y un travieso y peludo felino. A ambos
soportaba, ¡qué remedio!, e incluso fui yo quien salvara al gato en
una ocasión, algo que nadie sabe. Antes de que lo acogieran, un
lluvioso día de otoño, una bolita mojada y temblorosa trepó a mis
ramas y se acurrucó como un grisáceo montón de lana. Mi primer
impulso fue echarle. No porque no me gusten los gatos, al contrario,
(a decir verdad he de confesar que la palabra racismo es un invento
genuino del ser humano), sino porque nos destrozan la corteza y
espantan a los pájaros.
Sin
embargo, no lo hice. Sus largos bigotes se estremecían como si
hubiera recibido una descarga eléctrica y sus ojillos me miraban con
tal desamparo que a punto estuve de exclamar como consolación un
miau. Desde entonces está con nosotros.
Lo que
hacía diferente a aquella mañana era que, por fin, nuestra joven y
tierna dueña iba a ser mamá. El día que nos dieron la noticia, una
gran fiesta se celebró en la casa, y con su natural generosidad, los
futuros padres lo celebraron en el jardín, incluyéndonos a todos en
el evento. Indudablemente, fue un hermoso día.
Como
decía, esa mañana también se dispuso a hacer sus quehaceres cuando
en el momento que estaba precisamente junto a mí, lanzó una
exclamación y se apoyó repentinamente en el tronco. Ajeno a lo que
ocurría, supuse que era un mareo pasajero, pero segundos después
comprendí la situación al oírla sollozar quedamente.
-No,
no puede ser
...oh Dios, ahora no. Por favor, no...
Yo la
observaba pálido y acongojado. El bebé, ¡iba a tener el niño!, ¿qué
puede hacer un árbol en tales circunstancias?, ¡perro, llama al
médico!, ¡gato, ve a buscar a su marido!. Todos me miraban esperando
mi reacción, y Ella ya se había dejado caer sobre el banco mientras
murmuraba una y otra vez el nombre de su amado. Puedo asegurar que
la savia me salía a modo de sudor, las hojas se me pegaban y las
ramas se movían con torpeza. Entonces recordé mi promesa. La promesa
que hice el primer día de mi llegada. Miré a mi dulce amiga al otro
lado del muro, y fue ella con su serenidad y confianza en mí quien
me hizo tomar la decisión. Bajé mis ramas cuanto pude, arropé
cuidadosamente a la mujer y dejé que mis suaves hojas acariciasen su
blancuzca frente transmitiéndola frescura y seguridad.
Apenas
media hora después llegaron los suegros, y como se comprenderá
actuaron con eficacia. Se la llevaron en la ambulancia y con alivio
y orgullo me pregunté cómo reaccionaría nuestra dueña cuando se
diera cuenta de que llevaba en un puño cerrado hojas de sauce que yo
le había dejado caer. Durante el resto del día nadie pasó por casa,
y no fue hasta la mañana siguiente cuando llegó nervioso y exhausto
el esposo. Estaba claro que había pasado la noche en el hospital, y
quizá , en un acto de humanidad, el jefe que no le dejó celebrar su
luna de miel le había dado el día libre.
No entró
directamente en casa, sino que se sentó en el banco con los hombros
caídos y los ojos enrojecidos. Disimuladamente, y a modo de viento,
dejé que mis ramas comenzaran a bailar hasta que una de ellas
acarició suavemente su descolorida mejilla. Al instante irguió la
cabeza y me miró. Por unos momentos desapareció de su mirada la
preocupación, y dijo unas palabras que a todos los que estábamos
junto a Él nos resultaron halagadoras y especiales.
Vosotros
no sois normales. ‑Musitó, y en su voz había admiración. Después se
levantó y se introdujo en la casa, llamando cariñosamente a los dos
animales.
Pasaron tres días más
hasta que Ella regresó a casa. Más delgada y con muestras de
insomnio entró junto a su marido, quien la llevaba como un jardinero
a una hermosa rosa que ha florecido en invierno. Varios parientes
venían detrás, y todos quedaron tan asombrados como nosotros cuando
Ella dejó caer sus primeras palabras con voz dulce pero
amonestadora.
-¡Oh!,
pero mira el jardín. ¿No lo regaste, verdad mi amor?. Pobres
amigos...-Y juro que me lanzó una mirada cargada de
agradecimiento.
Pasaron
los días hasta que volvió a salir, y lo cierto es que no me extrañó
demasiado que decididamente se dirigiera a mí. Por unos momentos no
dijo nada y sólo me contempló como esperando hallar en alguna parte
un rostro humano. Cuando se percató de lo que hacía bajo la cabeza y
sonrió con humor.
-Debo
estar loca. -Lanzó un sonoro suspiro y volvió a mirarme sin fijar la
vista en ningún lugar en particular. -No sé si fue un sueño o
no, pero... en cualquier caso ...gracias. -Se giró al resto del
jardín. -Gracias a todos. Sé que estoy actuando como una loca, pero
hay algo aquí que ....
Fue
interrumpida por su suegra, que se asomó con urgencia por la puerta
que daba al salón.
-¡El
niño!. Acaban de llamar del hospital, que ya nos lo podemos traer a
casa.
Su rostro
se iluminó, y tras una última mirada se apresuró a meterse en
casa.
-¡Dafi!,
¿qué te tengo dicho?, ¡No en el jardín!, ¿me oyes?. -El perro
se alejó de mi tronco al oír la voz de mando y moviendo el rabo se
acercó sinuoso a pedir perdón. Él soltó una suave carcajada y dio un
lento puntapié al can.
-No
eres listo ni nada, ¿eh bribón?.
La puerta
de la calle se abrió y pasó Ella con un carricoche y el niño en
él.
-¡Hola a
todos!, uf, se está levantando un frío invernal. Cariño, ¿puedes
ayudarme?. -Él fue con prontitud, y, como era ya costumbre
últimamente, pude leer en sus ojos la angustia que tenía cada vez
que veía a su mujer. A raíz del parto, prematuro de mes y medio,
Ella no volvió a estar nunca como antes. El brillo de su cabellera
había desaparecido y sus suaves facciones estaban cada día más
pálidas y sin vida. Sin embargo, la decadencia sólo era en el
exterior pues en el interior estaba radiante, feliz y llena de
cálidos sentimientos que nos contagiaba con su simple manera de
caminar ligera y danzarina.
En cuanto
el niño se sintió libre, echó una expectante mirada a sus padres y
acto seguido emprendió una juguetona carrera en el jardín, uniéndose
momentos después al juego el perro y el gato.
Sucedió
cinco años más tarde que estuve a punto de morir en una poda que me
practicó un amigo de la familia que aseguraba ser un especialista en
ello. Sin embargo y a pesar de su experiencia, me realizó tajos tan
profundos y desiguales que, en otras manos, habría muerto sin lugar
a dudas. Pero mis dueños no estaban dispuestos a perderme y con
paciencia y un auténtico dineral gastado en medicinas lograron que
me recuperara. Algo que recuerdo con cariño de la experiencia es que
en una ocasión en la que Ella estaba echándome un producto en las
raíces, me acarició el rugoso tronco y exclamó:
-Bueno,
ya estamos en paz.
Pasado el
susto adquirí de nuevo mi aspecto anterior, y volví a ser el
majestuoso y llamativo sauce llorón.
Llegó el
día en el que el niño cumplía su decimosegundo cumpleaños. Con la
belleza morena de su padre y el dorado carácter de su madre, era un
muchachito extrovertido y lleno de encantos que alegraba y
enorgullecía a sus padres. Le gustaba ayudar a su madre en las
tareas del jardín, y a menudo mencionaba la pena que le causaba ver
a "esa pobre encina" sola en medio de ninguna parte.
En verdad
ésta se sentía absolutamente desdichada. Toda su vida desprovista de
alguna señal
de cariño, sus hojas temblaban al observar el amor que rondaba en el
jardín al
otro lado de la calle. Yo continuaba hablando con ella y me
inspiraba ternura su resignado espíritu.
Fue una
noche de otoño cuando Ella murió. Un viento suave pululaba como un
pajarillo juguetón y una luna grande, misteriosa y distante brillaba
a lo lejos.
Todos
supimos que algo andaba mal cuando las luces de la casa se
encendieron de súbito a altas horas de la madrugada y oímos la voz
enérgica del marido llamando por una ambulancia. Oímos también como
ordenaba al niño que regresara a la cama y más tarde le vimos irse
junto a una camilla en la que una mano delicada sujetaba fuertemente
la suya. Carece la necesidad de decir que sin Ella algo cambió y que
gran parte del aspecto primaveral que presentaba inmutable el jardín
durante todo el año se marchitó. Durante muchos días un velo de
tristeza se interpuso en el ambiente hogareño, como una nube gris
entre un cielo de nubes blancas. Varias familias de violetas,
buganvillas y otras hermosas flores a las que Ella se dedicaba con
especial atención, no soportaron su pérdida y se rindieron, dejando
que la savia no llegara a sus venas.
Yo, como
árbol de fina estirpe, oculté mis sentimientos y sólo a mi querida
amiga confié mi tristeza y desazón.
No puedo
decir que el niño cayera en una profunda depresión debido a la
pérdida. Y no porque no lo sintiera, sino porque su padre le colmó
de tanto amor y confianza en la vida que el chico se encargaba de
que su madre no se sintiera triste allá donde estuviera. Fue él a
partir de ese momento quien se ocupó de nosotros.
Nadie se lo ordenó ni
nadie le indujo a hacerlo. Simplemente lo hizo como lo hacía antes
de la fatídica muerte.
Ya han
pasado desde entonces unos setenta años. El padre murió quince años
después y el hijo heredó la propiedad. Es curioso como, una vez, un
atardecer caluroso en el que él estaba limpiando las hojas del
jardín, se acercó de repente a mí, me examinó de la misma forma en
que lo hizo su madre y me habló como Ella.
-Mi madre
me contó una extraña historia sobre el día en que nací... -Movió la
cabeza- Aseguraba que la ayudaste en el parto. -Luego me miró
y se echó a reír.- Papá tiene razón, debo haber heredado su
locura.
Si en ese
instante él hubiera podido entenderme le habría dicho lo mucho que
se la parecía, y lo orgulloso que debía estar de ello. Pero
los humanos no nos entendéis y de nada habría servido si no se desea
escuchar.
Ahora él también ha muerto y su
descendencia es demasiado joven para decidir sobre la propiedad. Su
mujer, huyendo de los recuerdos, quiere irse a vivir a la ciudad y
no desea el chalet ni su terreno, así que lo ha vendido. Lo ha
comprado una empresa de construcción, y mañana
lo echan todo abajo. Mi querida amiga se fue hace pocas horas, y lo
que más me impresionó de la escena fue el alivio que demostró la
encina. Supongo que eso, para ella, era el final de su
soledad.
Yo me voy
tranquilo. He cumplido con más de lo que debía, y sé que he dejado
huella en el mundo. Y descendencia.
¡Oh, sí!,
ayer sin ir más lejos una joven pareja se introdujo en el abandonado
jardín y me cortó unos tiernos esquejes.
Sé que se
harán árboles fuertes como yo y que tendrán amor.
Me lo dice un
presentimiento. |